Jesucristo no participaba en las procesiones de las cofradías que se regodean tras las imágenes de su suplicio. No. Ni siquiera las observaría desde la acera, puede ser que en ese momento, y lo más seguro, estuviera manteniendo un agitado debate en el bar de su barrio sobre la reforma laboral o sobre el cine de Bertolucci, con unos cuantos amigos y mucha cerveza. Cuando se convocaban -y Jesús las esperaba siempre como agua de mayo- él cantaba la internacional en las huelgas generales. Eso eran para él sus procesiones. Nunca celebró la Semana Santa, ni la Navidad, ni a ninguna Virgen inmaculada o Santo patrón de tristes feligreses. Jesucristo no iba a misa los domingos, en vez de eso, organizaba piquetes a las puertas de los trabajos de sus amigos en muestra de solidaridad; sus amigos, por su parte, hacían luego lo propio cuando el jefe de Jesús, que era un cristiano devoto y orgulloso de serlo -de esos que sí que van a misa a comulgar con el amor de Dios Padre-, le hacía trabajar horas extra sin avisar y sin pagar. ''Qué contradictorios son a veces los buenos burgueses cristianos'' se decía a sí mismo Jesús, y sonreía con lástima por el pobrecito patrón que tenía, y sigue teniendo, como casi todos los de su especie, un corazón pobre y gris. Jesucristo no se arrodillaba para rezarle a nadie, él alzaba el puño bien alto y firme rodeado de hermanos frente a las injusticias, codo con codo. Y se levantaban para combatirlas como se combate al demonio: no esperaba a que nadie, ni siquiera su padre, rey del espacio absoluto, lo hiciera por él. Así debía ser.
Jesucristo no vivía en un ático en el centro de la ciudad, ni en un bonito adosado comprado a un banco que echó de sus casas a la gente mientras las corbatas se repartían los dividendos en el despacho del último piso; no tenía un todoterreno de diesel y batería de litio, ni ropa elegante made in china, bien a la moda, no, ni siquiera tenía gas natural los meses fríos de invierno: había que ahorrar ese dinero para la guardería de la niña; era impensable viajar, como otros, al extranjero un par de veces al año, ni siquiera en low cost: porque él casi nunca llegaba a final de mes sin algún que otro sacrificio pequeñito. No. Él tenía una bicicleta rojo escarlata desconchada y visitaba con María a sus amigos de la sierra de Segovia... y eso era, claro, cuando los días libres de ambos coincidían entre sus caóticos, flexibles e interminables turnos laborales. Vivían en un piso muy chico en la periferia, pero muy hermosamente decorado: tenía una estantería llena de libros viejos en lugar del televisor, había algunos también un poco nuevos que había comprado, pero sin duda, y eso le hacía sentir satisfecho, la mayoría eran regalados. Sus amigos siempre le regalaban libros. Había libros de todo, como en el arca de Noé, vaya, de todo. En la cocina comían los tres cada vez que se alineaban los horarios de su taller y el comercio de ella, y había frutas y hortalizas, siempre de temporada y de alguna huertecita de un conocido; nunca carne, ni snacks, ni chocolates rellenos de tofe con almendras crujientes. Nada de eso: Jesucristo era muy particular en sus gustos y preferencias a ojos de casi todo el mundo, y provocaba o bien odio u admiración, pero raras veces indierencia. Practicaba una pobreza frugal y autoimpuesta, y una moderación muy digna a pesar de los ofrecimientos de su padre de un puesto en su empresa de seguros médicos y planes de pensiones privados. Tenía que hacerse de otra manera.
Jesús pensaba que es una contradicción tremendísima e insalvable hablar de amor al prójimo mientras se ahondan las desigualdades y se actualizan formas arcaicas de servidumbre, practicar la paz con la guerra, apropiarse del trabajo y las riquezas de los pueblos en nombre de la legalidad y el buen funcionar de su juego, esconder que cuando se habla de libertad es exclusivamente de la libertad de un puñado de aprovechados y que, es de precisar, es una libertad que va en contra de la libertad de todos... Pensaba Jesús que constituye una indecencia sin parangón tener mucho mientras hay quienes no tienen nada... tratar de justificarse los lujos propios frente a las miserias ajenas como algo así querido por algún dios o alguna ley evolutiva o como recompensa del propio trabajo y la pereza inherente a los pobres. ''A ver, ¿en qué cabeza cabe, eh, que la libertad pueda existir sin la igualdad de todos? ¿o acaso el riñón puede filtrar la sangre sin un corazón que la bombee y una vejiga que le purgue?'' explicaba a sus compañeros del taller así, como hacía siempre, con ejemplos y metáforas accesibles incluso a aquellos que al contrario que él, no habían podido estudiar una licenciatura en sabelotodo.
Si Jesús naciera de nuevo se afiliaría al sindicato de ramo de los carpinteros, recitaría poesía de Benedetti en la plaza, practicaría el nudismo en la montaña, enseñaría a su hijita a querer ser libre y a saber cómo ser libre, haría muchas veces el amor, con mucho, mucho amor, con su compañera María; correría detrás de los grises por lo que es justo y es de todos, y sobre todo, no creería ni una palabra sola de la derecha, sea del color que sea, ni tampoco de la Iglesia que la apoya... esa derecha que, paradojas de la historia, tanto acabó por adorarle. Cuando ya estaba colgado en la cruz, claro... Y es que Jesús, si naciera de nuevo, volvería a ser un revolucionario, y volverían a matarlo, y años después los reyes del mambo -que son los mismos en Belén, en Constantinopla y en Bangkok y en Berlín-, a fuerza de repetir una mentira hasta el saciedad, nos harían creer que luchaba por el mundo triste y miserable que ellos siempre representan siglo tras siglo, época tras época; y nosotros, el género humano, como tantas otras veces tristemente y en momentos donde debiéramos conservar la memoria, la perderíamos de nuevo. O no, o ya nuestra memoria está hecha a prueba de sus balas.
