De los párpados
de tus pupilas
de tu mirá
que me habla callada
que me habla lento
muy dentro
sin palabras
sin sonidos
sin nada
más
que una
mirada.
I.
Los buenos Amantes gozan de todo lo bueno de un amor pero se diferencian de este en dos puntos. Primero, no existen los inconvenientes de las releciones de pareja, que por la excesiva confianza se ahogan pronto a si mismas. En el regazo del Amante no existe el tiempo tal y como lo conocemos. El amante nace y muere fruto de un encuentro casual y su belleza está en su finitud tan próxima, como una flor que tan pronto nace tan pronto sus pétalos caen. El Amante solo tiene sentido dentro de una fantasía, que se realiza en el éxtasis de saber que se muere. El Amante es el ejemplo de la vida: si el azar domina nuestros caminos, sólo podemos amarnos hasta que el azar decida separarnos de nuevo. El Amante nos examina sin imposiciones; el Amante nos lee una sola vez, arrasándonos con sus ojos en su salvaje lectura, como un dedo electrificado que recorre nuestro cuerpo, de arriba a abajo, antes de desaparecer en un destello. El Amante se ríe de las parejas, porque no necesita las promesas para ser, porque las promesas son todas mentira; porque el Amante no habla, ama, y precisamente porque no hay futuro en ese amor, no tiene vergüenza ni miedo de nada: ama sin preguntas, sin limitaciones, hasta el final.
Los buenos Amantes gozan de todo lo bueno de un amor pero se diferencian de este en dos puntos. Primero, no existen los inconvenientes de las releciones de pareja, que por la excesiva confianza se ahogan pronto a si mismas. En el regazo del Amante no existe el tiempo tal y como lo conocemos. El amante nace y muere fruto de un encuentro casual y su belleza está en su finitud tan próxima, como una flor que tan pronto nace tan pronto sus pétalos caen. El Amante solo tiene sentido dentro de una fantasía, que se realiza en el éxtasis de saber que se muere. El Amante es el ejemplo de la vida: si el azar domina nuestros caminos, sólo podemos amarnos hasta que el azar decida separarnos de nuevo. El Amante nos examina sin imposiciones; el Amante nos lee una sola vez, arrasándonos con sus ojos en su salvaje lectura, como un dedo electrificado que recorre nuestro cuerpo, de arriba a abajo, antes de desaparecer en un destello. El Amante se ríe de las parejas, porque no necesita las promesas para ser, porque las promesas son todas mentira; porque el Amante no habla, ama, y precisamente porque no hay futuro en ese amor, no tiene vergüenza ni miedo de nada: ama sin preguntas, sin limitaciones, hasta el final.
II.
El Viajero no viaja, huye. No conoce ni países, ni culturas, ni lenguas. Su equipaje está compuesto de recuerdos y sueños sin forma. El Viajero nunca aprendió a vivir y por eso viaja, para vivir infinitas vidas y dejarlas todas sin terminar. Porque una sola vida no es suficiente, pero tenerlo todo es imposible. El Viajero busca lo imposible: posar sus pies descalzos en suelos nunca antes pisados, desaparecer. El Viajero decide no atarse, no pararse en su camino. Decide no amar, tan solo tener amantes, en este puerto, en esa isla, en aquel país. Los amantes son su contacto con el mundo cuando lo recorre. De ellos aprende el idioma en su boca, la historia en su piel y la religión en sus pupilas, nada más. Tal vez si se detiene en este puerto, o esa isla, o aquel país, no quiera marcharse, y eso le da miedo, porque el Viajero vive de sus historias: su encanto está en lo que cuenta, y en lo que calla. Y cuando se detiene se vuelve un niño, se pone nervioso, y por eso siempre se va dejándonos con la miel en los labios. El Viajero es un ilusionista, no hay que fiarse demasiado de él. Cuando anochece en los brazos de algún Amante, se siente solo. Envidia un poco a aquellos que deciden entregarse mutuamente, detenererse, amarse, compartirse... pero antes de cambiar de opinión, amanece y entonces se tiene que ir a otra parte, a otro puerto, a otra isla, a otro país.
El Viajero no viaja, huye. No conoce ni países, ni culturas, ni lenguas. Su equipaje está compuesto de recuerdos y sueños sin forma. El Viajero nunca aprendió a vivir y por eso viaja, para vivir infinitas vidas y dejarlas todas sin terminar. Porque una sola vida no es suficiente, pero tenerlo todo es imposible. El Viajero busca lo imposible: posar sus pies descalzos en suelos nunca antes pisados, desaparecer. El Viajero decide no atarse, no pararse en su camino. Decide no amar, tan solo tener amantes, en este puerto, en esa isla, en aquel país. Los amantes son su contacto con el mundo cuando lo recorre. De ellos aprende el idioma en su boca, la historia en su piel y la religión en sus pupilas, nada más. Tal vez si se detiene en este puerto, o esa isla, o aquel país, no quiera marcharse, y eso le da miedo, porque el Viajero vive de sus historias: su encanto está en lo que cuenta, y en lo que calla. Y cuando se detiene se vuelve un niño, se pone nervioso, y por eso siempre se va dejándonos con la miel en los labios. El Viajero es un ilusionista, no hay que fiarse demasiado de él. Cuando anochece en los brazos de algún Amante, se siente solo. Envidia un poco a aquellos que deciden entregarse mutuamente, detenererse, amarse, compartirse... pero antes de cambiar de opinión, amanece y entonces se tiene que ir a otra parte, a otro puerto, a otra isla, a otro país.
III.
Inmanuel Kant era un yonki de las ideas absolutas: amor, bien, verdad...Pero nunca visitó otro pueblo que no fuera el suyo en particular: Königsberg. Allí nació y allí murió. Tampoco nunca amó, le parecia una perdida de tiempo. Le encantaba pasear, a la misma hora cada día, por los mismos caminos. La gente ponía en hora su reloj al verle cruzar la esquina de la Iglesia: tan cuadriculado era. Kant pensaba mucho, pero ni fue un Viajero, ni fue un Amante. Le inquietaban todas esas preguntas que se nos aparecen en la mente, pero cuya naturaleza las hace imposibles de ser respondidas. Preguntas como qué es la libertad, qué es el amor, qué es dios le acompañaban en sus desayunos, comidas y cenas. No son complicadas preguntas de filósofos locos: todo el mundo se las hace y todo el mundo pasa su vida buscando la respuesta. Kant dice que hay cosas que no se pueden saber y que eso no es malo, al contrario, nos abre nuevos horizontes. La respuesta a esas preguntas no está en nosotros mismos, sino acaso en el choque de nuestras voces, de nuestras miradas. Estamos obligados a comunicarnos, a expresarnos, a mirarnos, a amarnos, aun sin saber lo que es el amor, para que un día, quizás, sí que lo sepamos. La respuesta está en el cruce de dos miradas que se buscan sin llegar a encontrarse.
Inmanuel Kant era un yonki de las ideas absolutas: amor, bien, verdad...Pero nunca visitó otro pueblo que no fuera el suyo en particular: Königsberg. Allí nació y allí murió. Tampoco nunca amó, le parecia una perdida de tiempo. Le encantaba pasear, a la misma hora cada día, por los mismos caminos. La gente ponía en hora su reloj al verle cruzar la esquina de la Iglesia: tan cuadriculado era. Kant pensaba mucho, pero ni fue un Viajero, ni fue un Amante. Le inquietaban todas esas preguntas que se nos aparecen en la mente, pero cuya naturaleza las hace imposibles de ser respondidas. Preguntas como qué es la libertad, qué es el amor, qué es dios le acompañaban en sus desayunos, comidas y cenas. No son complicadas preguntas de filósofos locos: todo el mundo se las hace y todo el mundo pasa su vida buscando la respuesta. Kant dice que hay cosas que no se pueden saber y que eso no es malo, al contrario, nos abre nuevos horizontes. La respuesta a esas preguntas no está en nosotros mismos, sino acaso en el choque de nuestras voces, de nuestras miradas. Estamos obligados a comunicarnos, a expresarnos, a mirarnos, a amarnos, aun sin saber lo que es el amor, para que un día, quizás, sí que lo sepamos. La respuesta está en el cruce de dos miradas que se buscan sin llegar a encontrarse.
IV.
Las pasiones violentas terminan en la violencia. Los Amantes son peligrosos, tanto como los Viajeros, incluso para sí mismos. A finales del siglo XIX, en la decadencia del Paris bohemio, tuvo lugar un encuentro fortuito entre un Amante -poeta, hombre de bien y padre de familia: Verlaine- y un Viajero -un enfant terrible, admirador de las drogas y temperamental en exceso que a los 17 años publicó su obra meastra: Rimbaud-. Ambos iniciaron un romance breve, apasionado y violento que acabó cuando Verlaine disparó en la mano a Rimbaud. Este fue a prisión y Rimbaud se fue a recorrer el mundo. Dejó la poesía por el tráfico de armas y murió a los pocos años en Etiopía. Si Verlaine hubiera dejado de ser un Amante, o Rimbaud un Viajero, hubieran podido vivir, envejecer y morir juntos, pero el precio a pagar era negar su propia naturaleza, y cuando un hombre niega su naturaleza, se muere. El Amante y el Viajero se atraían con la fuerza de un huracán que despertaba en ellos el deseo, la pasion y los instintos más sucios, pero cuando el huracán terminó, esa misma fuerza les hizo repelerse. El Amante y el Viajero son dos caras de un imán que se repelen y se atraen aplastando sus entrañas y todo lo que les rodea.
Las pasiones violentas terminan en la violencia. Los Amantes son peligrosos, tanto como los Viajeros, incluso para sí mismos. A finales del siglo XIX, en la decadencia del Paris bohemio, tuvo lugar un encuentro fortuito entre un Amante -poeta, hombre de bien y padre de familia: Verlaine- y un Viajero -un enfant terrible, admirador de las drogas y temperamental en exceso que a los 17 años publicó su obra meastra: Rimbaud-. Ambos iniciaron un romance breve, apasionado y violento que acabó cuando Verlaine disparó en la mano a Rimbaud. Este fue a prisión y Rimbaud se fue a recorrer el mundo. Dejó la poesía por el tráfico de armas y murió a los pocos años en Etiopía. Si Verlaine hubiera dejado de ser un Amante, o Rimbaud un Viajero, hubieran podido vivir, envejecer y morir juntos, pero el precio a pagar era negar su propia naturaleza, y cuando un hombre niega su naturaleza, se muere. El Amante y el Viajero se atraían con la fuerza de un huracán que despertaba en ellos el deseo, la pasion y los instintos más sucios, pero cuando el huracán terminó, esa misma fuerza les hizo repelerse. El Amante y el Viajero son dos caras de un imán que se repelen y se atraen aplastando sus entrañas y todo lo que les rodea.
V.
La literatura tiene la mala costumbre de poner nombres y atributos a los personajes y estos, definidos, se vuelven esclavos de las palabras. Pero en la colina rocosa que hay junto a la Acropolis, quizas por la luz de la luna, o por la visión de esas piedras milenarias, las palabras desaparecen en una mirada. El Viajero es una pupila mirando hacia el Este. El Amante otra pupila que mira hacia el Oeste. Y entre Oriente y Occidente sus miradas confluyen, se encuentran. Las palabras acaban: empieza la conversacion muda y silenciosa. El Viajero olvida que es un viajero y el Amante olvida que es un amante. En ese momento Kant les mira con curiosidad, intentando entender qué se dicen, y Rimbaud y Verlaine sienten una envidia terrible y sus estómagos se retuercen. En la colina de la Acropolis, intoxicado por la mirada, el Viajero empieza también a olvidarse de los otros puertos, islas y países. Y algo le pasa, algo ve en esos ojos, que no quiere dejar de mirarlos. Porque tal lo mejor sea pensar que las palabras no existen, que no hay Viajeros ni Amantes. Que lo que nos define está tras la retina que brilla iluminada por la luna bajo la vieja Acrópolis; la opción más correcta es olvidarse de quienes somos.
La literatura tiene la mala costumbre de poner nombres y atributos a los personajes y estos, definidos, se vuelven esclavos de las palabras. Pero en la colina rocosa que hay junto a la Acropolis, quizas por la luz de la luna, o por la visión de esas piedras milenarias, las palabras desaparecen en una mirada. El Viajero es una pupila mirando hacia el Este. El Amante otra pupila que mira hacia el Oeste. Y entre Oriente y Occidente sus miradas confluyen, se encuentran. Las palabras acaban: empieza la conversacion muda y silenciosa. El Viajero olvida que es un viajero y el Amante olvida que es un amante. En ese momento Kant les mira con curiosidad, intentando entender qué se dicen, y Rimbaud y Verlaine sienten una envidia terrible y sus estómagos se retuercen. En la colina de la Acropolis, intoxicado por la mirada, el Viajero empieza también a olvidarse de los otros puertos, islas y países. Y algo le pasa, algo ve en esos ojos, que no quiere dejar de mirarlos. Porque tal lo mejor sea pensar que las palabras no existen, que no hay Viajeros ni Amantes. Que lo que nos define está tras la retina que brilla iluminada por la luna bajo la vieja Acrópolis; la opción más correcta es olvidarse de quienes somos.
VI.
‘’Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero los hombres gato a los hombres perro, por las mismas razones. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de los pies, borracho de todo. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal, aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan tus besos de caramelo y la suave caricia de tu piel caliente.’’
‘’Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero los hombres gato a los hombres perro, por las mismas razones. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de los pies, borracho de todo. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal, aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan tus besos de caramelo y la suave caricia de tu piel caliente.’’
VII.
A la mierda las palabras. Quien las necesita teniendo ojos en los que escribir. Nos vemos en este puerto, o en esa isla, o en aquel pais: donde tú quieras, cuando tú quieras. Desnudos o vestidos, borrachos o empapados de sudor, eso a mi me da igual. Pero siempre en tu mirada, en silencio, en latidos, en amor. Quiero que escribamos en nuestros cuerpos mojados todo lo que no cabe en este papel, hasta morirnos, hasta desgastarnos, hasta amarnos y odiarnos, hasta el último día y las últimas consecuencias.
Si tú quieres, claro.
A la mierda las palabras. Quien las necesita teniendo ojos en los que escribir. Nos vemos en este puerto, o en esa isla, o en aquel pais: donde tú quieras, cuando tú quieras. Desnudos o vestidos, borrachos o empapados de sudor, eso a mi me da igual. Pero siempre en tu mirada, en silencio, en latidos, en amor. Quiero que escribamos en nuestros cuerpos mojados todo lo que no cabe en este papel, hasta morirnos, hasta desgastarnos, hasta amarnos y odiarnos, hasta el último día y las últimas consecuencias.
Si tú quieres, claro.