jueves, 5 de diciembre de 2013

Siempre es ahora.

Fuimos dos cazadores que en las noches de la sabana atendían las predicciones de Turul Oroqen. Seguíamos las nubes que nos conducían a los pastos verdes donde estaban las grandes manadas de herbívoros, antes de la civilización. Después nacimos esclavos de Heliogábalo, el magistrado ateniense, hace veintitrés siglos. Por las noches entrábamos a hurtadillas en la biblioteca del atrio y aprendíamos la filosofía, el arte y la historia iluminando los pergaminos con un pequeño espejo que reflejaba la luna de elafebolión. Pasaron siglos hasta que volviésemos a reencontrarnos y fue en Córdoba en 1182. Paseaba por los jardines de Yusuffiya a la salida de la mezquita y me dirigía a recoger unas esencias de romero. Emanabas todos los olores y tenías otro dios que, sin embargo, habitaba un mismo cielo. Pero los hombres son estúpidos y nos obligaron a odiarnos y perseguirnos y una mañana, cuando volvía para recoger otro encargo a tu puesto de esencias, ya no estabas. Los almorávides habían llegado.

Después nos reencontramos tantas veces sin saberlo... Fui tu doncella en Flandes. Te peinaba los cabellos con un peine nacarado y los días de lluvia compartíamos té en la casa de campo, mientras los hombres perseguían a los galgos y estos cazaban perdices. El protocolo y tu estirpe te habían echo arrogante pero seguías siendo tú. Permanecías inmóvil e intacto detrás de todo lo aparente. Fuimos náufragos también. Olvidados en las costas de la Polinesia envejecimos con los Maorís sin regresar jamás a nuestro mundo. Nos escribíamos correspondencia desde cientos de kilómetrosde distancia debatiendo sobre la naturaleza de la belleza y sobre versos alejandrinos o metáforas. Dos correctos y educados ilustrados de la Europa naciente. Creo que fue esa vez, sí, la que más cerca te sentí aún sin verte. En esas cartas en las que prescindíamos de lo obvio y trascendíamos nuestro propio lenguaje nos conocimos, como quien dice, por primera vez. Después llegó la guerra y la devastación a Europa y morimos siendo dos vecinos que compartían pastos para las reses y conversaciones y vino en la taberna. Una mañana las bombas cayeron sobre el valle deSaarbrücken.

Y después ha habido tantos después...que, en resumen, llegamos aquí, a este presente. A este ahora relativo a este ahora nuestro: eternidad echa reencuentro. Volvimos a conocernos, contemporáneamente. Jóvenes fuertes y llenos de sueños en un mundo nuevo más humano y libre, donde toda la perfección de una generación infinita de vivencias se oculta en el rellano de unas escaleras, y nos mira atenta, expectante. Toda la armonía tejida a lo largo de la historia resumida en un beso. Ya en el último horizonte por qué hablar de futuro si este muere en el presente. El futuro es sólo un presente extraño: siempre es ahora.