lunes, 3 de marzo de 2014

Las estrellas

I. El Cosmonauta


En el origen la vida es Desierto. Nos invade un vacío sideral inerte y frío. Existen mapas del mundo, tratados de historia y manuales de astronomía pero el Cosmonauta está irremediablemente solo en la inmensidad de su vasta conciencia. En su existencia solitaria no posee conocimiento de sí mismo porque no existen los sentimientos recíprocos: él es el actor y el espectador de una obra producida por sí mismo y en secreto. El Cosmonauta aún ni siquiera existe porque no es mirado, ni pensado, ni amado por otro Cosmonauta. Existen innumerables cosmonautas viajando en secreto por el vacío cósmico; en ciertas situaciones se dan las condiciones que hacen posible un encuentro entre dos cosmonautas y, como ya he dicho, los encuentros son -y deben ser- aleatorios, fugaces y demoledores. Aleatorios porque en el vacío cósmico no existen sistemas de referencia o señales que guíen nuestra ruta. El sonido, y por lo tanto la comunicación, son físicamente imposibles. Ni tan siquiera, a día de hoy, puedo responder a la pregunta: ‘¿Quién eres tú?’. En segundo lugar deben ser fugaces. Dos cosmonautas que convergen aleatoriamente lo hacen a la velocidad de la luz, dominados por la trágica inercia newtoniana. Quizás puedan intercambiar una breve mirada, o rozarse con la punta de los dedos, o llegar incluso a abrazarse por una fracción de presente...pero el peso demoledor de la inercia les separa al instante siguiente. Por último, los encuentros son demoledores. La soledad cósmica del Cosmonauta, tan arraigada, tan profunda, tan que-parecía-absoluta, desaparece por un momento. El velo cae, él se ve a sí mismo y se entiende en el otro. Responde una o dos preguntas, tal vez, el círculo -uno de tantos- llegue a cerrarse. Ese velo que cae, esa aparición, ese encuentro brutal destruye el alma de ambos cosmonautas para volver a construirse después.



II.La estrella


Los cosmonautas, si por alguna razón son necesarios en nuestra breve existencia, es porque, en suma, construyen un mapa que nada tiene que ver con montañas, ciudades, constelaciones o ‘cosas’. Se trata de un mapa del sentimiento que progresivamente nos aporta sistemas de coordenadas vitales para poder guiarnos por la inmensidad de nuestro universo interior en nuestro solitario viaje. De esta forma -al menos guardo esa esperanza- podemos luchar contra la esclavitud de la inercia que controla nuestra vida. Decía que al principio no hay nada más que un desierto. De repente algo se aproxima en forma de tenue luz templada que mece y acaricia mientras aumenta de tamaño y de intensidad. Su presencia es tan fuerte y su calor tan abrasador que a los pocos segundos el Cosmonauta se desmaya: ¡Nunca antes había visto algo! Instantes después comienza a acomodarse a un entorno radicalmente opuesto al frío universo: cálido, líquido, luminoso, viviente. Despierta flotando en un océano de fuego infinito que le atrapa y que cuya luz no deja ver nada más. Alzando la cabeza, allí donde antes no había nada ahora se extiende una vaga nebulosa dorada. Sin embargo, el paisaje cósmico, si se elimina la ilusión de esta nebulosa, sigue siendo vacío. El Cosmonauta, sin saberlo, se ha topado, en forma de metáfora solar, -¡hay, las metáforas, las metáforas!- con el primer Cosmonauta. Ha sido tan sublime que no quiere dejar la estrella; tan nunca-antes-vivido -así de ingenuo es ahora el Cosmonauta- que cree que el mundo se reduce a esa pura luz que se opone al vacío absoluto. Pero pronto el frío y la soledad se suceden a la calidez y la luz y el Cosmonauta, incrédulo y atónito, se encuentra de nuevo rodeado de nada. Inspecciona con desesperación el horizonte y sí, ahora intuye que ese pequeño punto luminoso es la estrella en la que ha nadado. Quiere volver a esa compañía tan deliciosa pero es esclavo de la inercia y no puede guiarse a sí mismo. Vaga en el vacío, la pobre luz de estrella sigue ahí y ahora, al haber conocido lo sublime y lo bello y al no poder tenerlo, se siente -eso cree- más solo que nunca.



III. Las segunda estrella


Ahora el Cosmonauta,  que no puede escapar de la eterna melancolía que le produce la contemplación de ese lejano puntito solitario, piensa y está más triste que nunca. El paso del tiempo y la ausencia de reloj hacen que su primer encuentro se convierta en un relato mítico (algo así como el mito de la caverna de Platón). Lo que él no sabe aún es que el primer encuentro no será el único. De un momento a otro una luz cegadora aparece y lo atrapa de nuevo en sus aguas de fuego y piensa que está de nuevo en la estrella primera, sin embargo, ciertos rasgos son sutilmente distintos: el olor del cabello, la forma de caminar o el suave tacto dorado de su piel brillante al despertar. Se trata de otra estrella absolutamente diferente. Es inevitable caer en comparaciones y la comparación siempre conlleva melancolía. Solo en este preciso momento (ahora el cosmonauta, flotando en un nuevo mar, contempla en el cielo el punto de la primera estrella) es posible la melancolía. La melancolía es la constatación de que las circunstancias o nuestros actos podrían habernos conducido a otra estrella y, al mismo tiempo, el conocimiento de que existen más estrellas. Otro círculo se cierra y el segundo sol desaparece para hermanarse con su igual. A la renovada soledad le sigue la contemplación de dos puntos y el nacimiento de todo un abanico de pensamientos. Ahora sabe que las estrellas sí que pueden aparecer de la nada pero, lo que es más importante, sabe que habrá más estrellas futuras. Mentalmente, ante tan espectacular paisaje, traza una línea entre las dos estrellas: una relación entre dos relaciones, pero de momento no es capaz de comprender el gran secreto que está cerca de descubrir...



IV. Las estrellas


En este momento de la historia, en este presente que acontece justo ahora a la pequeña mota de polvo que fluye por el espacio, el pensamiento corre hacia el futuro: ‘¿Cuándo llegará la próxima estrella? ¿cómo serán sus aguas? ¿por cuánto tiempo podré nadar en ellas?’. Desea el futuro más que el presente: desea que el futuro sea presente y ese deseo es un error pero, de momento, es un hombrecillo tan ingenuo y tiene tanto, tanto por aprender… Pasa el Tiempo y el relato mítico se va tejiendo cuando, así, tan de repente como lo fueron los anteriores encuentros, sucede el tercero. Y las aguas son diferentes nuevamente y la luz de otro color y el cielo dorado sobre su cabeza es taladrado por dos puntos, como dos ojos que miran al Cosmonauta mirarles. Y el cosmonauta ama el presente, ama el futuro que ya es. Y quizás no le importe ni el nombre, ni el país, ni el sexo de su nueva estrella porque él sólo ama a las estrellas y estas son, ni más ni menos, puras almas de luz. La tercera estrella se va. No queda nada más que una nada y un triángulo invisible que no puede dejar de ver. A medida que sucesivas estrellas van y vienen, cada una única y perfecta en sí misma, su mente se puebla de todo un ideario de mitologías inventadas. Del cielo negro nace un ejército de puntos que tan sólo en apariencia resultan idénticos. Sólo el Cosmonauta es capaz de descubrir la mitología de sus estrellas y ver en esas pobres partículas de polvo formas, geometrías, sentimientos. El Cosmonauta está cerca de su despertar: pronto romperá el cascarón.



V. El mapa

Ahora, en este nuevo presente, el Cosmonauta adivina la verdad que se ocultaba detrás de todos estos encuentros aleatorios, fugaces y demoledores. En su nueva y conquistada soledad descubre que ama tanto la compañía como la soledad. Ambas son los polos inseparables de la esencia humana. Toda la gloriosa creación estelar que se extiende ante sus ojos, de la cual conoce cada parte, cada aspecto y cada rincón,, es un mapa que responde a la pregunta: ‘¿Quién soy yo?’ Porque el ser humano se construye sólo en relación a otros seres humanos y porque tan solo existe en la medida en que existe en los pensamiento de otro. En este presente el Universo entero despierta, vive. El Cosmonauta, liberado de la ignorancia, es capaz de guiarse por sus propios pasos, no en un sentido real -la inercia seguirá llevándole donde ella quiera- sino metafórico. Ahora puede volver a nadar en las aguas del pasado en la vasta extensión de su propia conciencia, ahora devenida un mundo lleno de posibilidades. Es un mapa invisible que sólo él es capaz de utilizar. La infinita complejidad de la vida humana, el absoluto caos que rige los acontecimientos de esta, la crueldad de la separación, de la ausencia de aquello que amamos... queda reducida a dos breves epitafios escritos hace ya mucho tiempo. Heráclito decía que todo fluye. Todo en la vida está en un continuo proceso de transformación frente al cual no cabe el pensamiento tan solo el sentimiento, el estar. y debemos estar preparados para infinitas oleadas de transformación. Por el contrario Parménides afirmaba que todo es. Las cosas son necesariamente lo que parece que son y no podemos cambiarlas a nuestro antojo. Más que una relación de oposición entre ambas frases existe una complementariedad. El Cosmonauta ya lo sabe. Sabe que cuando sus pies desnudos caminen sobre la superficie del Sol debe fluir y dejar que su luz le atraviese y la hable. Sabe que en los momentos de calma y soledad debe ser: contemplar el cielo tal y como es, aceptar la luz que le llegue -o no le llegue- de las estrellas del pasado.. Sabe que este es el camino a la Sabiduría.