La estantería de las botellas de agua del tiempo siempre ha estado igual de llena, así que ahora no me venga usté con gilipolleces.
Cada vez que las cosas no salen a tu gusto te dedicas a modificar las reglas. Impones leyes de carácter retroactivo a tu antojo haciéndonos pasar por unos incompetentes. Siempre ha estado así de llena la estantería de las botellas de agua del tiempo solo que, como estás enfadado porque hoy la recaudación no te dará para para otra de tus horteras camisas de criptofascista, tienes que echarnos la bronca por algo. En realidad tu inventiva es bastante pobre. Me dijiste mil veces que si no había trabajo me lo inventara, y eso estaba haciendo al colocar, sin más propósito ni finalidad que fingir ocupación, las botellas de agua mineral, de esa que dicen -los que tu denigras llamando 'quejicas hippies de izquierda'- que es 10.000 veces más cara que la del grifo. Tú me lo ordenaste: ''Ahora las vuelves a colocar en el almacén'' y yo, como siempre he hecho, obedecí. Obedecí y ojalá que por obedecer y por tu escaso cerebro la montña de cajas repletas de botellas de cristal, llenas de azúcar y mierda, se desplome, llevándose consigo tu negocio, contigo dentro, por supuesto, tremendísimo hijo de perra.
Cada vez que las cosas no salen a tu gusto te dedicas a modificar las reglas. Impones leyes de carácter retroactivo a tu antojo haciéndonos pasar por unos incompetentes. Siempre ha estado así de llena la estantería de las botellas de agua del tiempo solo que, como estás enfadado porque hoy la recaudación no te dará para para otra de tus horteras camisas de criptofascista, tienes que echarnos la bronca por algo. En realidad tu inventiva es bastante pobre. Me dijiste mil veces que si no había trabajo me lo inventara, y eso estaba haciendo al colocar, sin más propósito ni finalidad que fingir ocupación, las botellas de agua mineral, de esa que dicen -los que tu denigras llamando 'quejicas hippies de izquierda'- que es 10.000 veces más cara que la del grifo. Tú me lo ordenaste: ''Ahora las vuelves a colocar en el almacén'' y yo, como siempre he hecho, obedecí. Obedecí y ojalá que por obedecer y por tu escaso cerebro la montña de cajas repletas de botellas de cristal, llenas de azúcar y mierda, se desplome, llevándose consigo tu negocio, contigo dentro, por supuesto, tremendísimo hijo de perra.
Tú y la escoria de tus amigos os habéis pasado toda la bendita semana dándole vueltas y más vueltas, dándole al coco, eso es, como yo también le doy al mío, a ese horrendo acertijo del vestido: que si blanco, que si azul. Haceos con un manual de psicobiología y no me la deis pocha. Siempre estáis con chorradas por el estilo. Dios mío, ahora sé que la cabeza que carga vuestro deformado cuerpo contrahecho está ahí por estar: la evolución ha dicho que las cabezas están de moda y por eso la tenéis. Vuestra cabeza es un cruel adorno floral; un método de camuflaje contra vuestra onda y obscena idiotez pero que, con el tiempo, como todo en el sibilino arte de la mímesis, dejará de causar efecto y se hará visible al espectador. Llevo un año sirviendo a tu despropósito vital: amasar dinero. Vendiendo mi cuerpo, pudriendo mi cuerpo, vejando mi cuerpo, prostituyendo mi cuerpo para engordar tus ansias de cerdo. Al fin, después de este periodo de tiempo, os he descubierto. No sois más que seres sin ojos desposeídos de pensamiento, privados de ese grandísimo y sagrado don que la naturaleza nos otorgó: la sustancia gris y la impostura frente a las imposición. Sois como objetos del mobiliario, no urbano en este caso, sino social. Contenedores de estereotipos simplones y chavacanos, atestiguáis patéticamente las demoledoras y soeces consecuencias de una cultura en decadencia, podrida, como vosotros, parásitos hijos de perra.
Vosotros también terminaréis por descubrirme, a mí y al resto. Y os golpeará en vuestra absurda y decorativa frente la sustancia de estos cuerpos que intentáis cosificar, que se niegan a degradarse para poder estar a vuestro mismo nivel: el de los cerdos que se rebozan en sus excrementos. Si vosotros sois cerdos entonces yo soy el bendito Jesucristo redentor que viene, no a expiar vuestros pecados, sino a devoraros las entrañas. De momento, únicamente, intuis que no soy como vosotros. No tenéis ni siquiera frente para tener más que intuiciones. El tren os pasará por encima al instante siguiente de que lo halláis escuchado: mejor que mejor. A vosotros os pare la mundanidad que sudan las capas más corruptas del género humano: la bourgeoisie sucia, mezquina y sorda como una tapia. Sois el sudor de un gordo en verano mirando la televisión desde una casa mal decorada. Vosotros no existís más que imponiéndoos, como los terroristas blancos de la Casa Blanca o los curas pefófilos, y así, mediante la coacción, cualquiera vence. Intentad vencer siendo justos y honestos, si tenéis arrojo. Vosotros no sois tampoco libres. Os limpiáis el ojete siempre, siempre digo, con la mano derecha, porque es también, y no es casualidad, la mano con la que votáis, llena toda ella de mierda ya que la izquierda, en tanto irreverente, crítica y difícil de ostentar, os ha sido negada, cerdos inmundos. Arsenal de moscas y fínifes; almacén de cuadras y pocilgas... Y finalmente, vosotros tampoco elegís tampoco a quien amáis ya que en tanto que mobiliario cualquier coño chorreante y sin refinamiento os sirve de tubería para vuestras secreciones perversas. Folláis y explotáis, perpetuando así vuestra decadente y repugnante condición, jodiendo al resto en vuestro empeño de hacer de la luz de los santos candelabros de la decencia, cerumen amarillo para oídos sordos de cerdos peludos. Pero escuchad, quiero deciros una cosa, quiero deciros que explotáis tan mal como folláis. Folláis mal. Por eso os lanzáis cumplidos entre vosotros, entre los cerdos. Degradáis a las mujeres para poder tenerlas. La miel no está hecha para el hocico del cerdo y como vosotros sois cerdos, y también alquimistas, tenéis la poca vergüenza de convertir la miel en mierda, para poder usarla de estercolero. Midas se atragantó con su oro, vosotros os asfixiaréis en vuestro rica y merecida mierda. Cerdos sin vergüenza. Las mujeres pasan de los cerdos, que lo sepáis, putos pervertidos.
