Estoy escuchando la bendita música que a ti tanto te gusta y juro que es como estar a la derecha del Señor. Hay situaciones en las que te deseo como si pudiera dejarlo todo dando media vuelta. Me lo dice el tambor que corta los violines. Me levantaría para lavarme el pelo y enjuagarme el olor a tabaco sucio de mi boca. Iría al andén y me quedaría dormido en el compartimento hasta llegar a donde tú vives, caminando desde la misma puerta de la estación hasta la puerta de tu casa. Y ya sabes que sé donde está ese puerta. Tocaría al timbre como si fuera un tambor; sonarían lo violines. Ciertas personas han tenido el poder de meterse en mi mente. Y lo han hecho. Pero tú pocas vece te metías ahí dentro, no lo entiendo. Era como si todo el rato la mejor sinfónica estuviera terminando de entonar su mejor obra. Sólo terminando. Eras la puta divinidad hermanada del arpa y del violín, o de la cuerda y de la boca. Venías a mí para que te mirase, te quedabas ahí viéndolo callado. Te quedabas en el puro acto del deseo, viendo mi cuerpo entero chorrear. Te gustaba eso. Te gustaba y por eso venías. También disfrutabas mientras hablábamos, no digo que fueran aburridas nuestras conversaciones, no te equivoques, lo que digo es que siempre querías algo más
Y cómo pudiste. Cómo tuviste la poca decencia y el poco corazón para largarte dejándonos así. Los dos sin terminar, como crudos en la sinrazón... No te martirices: que sepas que estás perdonado. Te perdono la vida. Porque lo hiciste para que acabase volviendo. Sí. Para que vaya hasta la casa tuya, que está lejos y al norte, en el bosque -por que sé dónde vives, me lo hiciste saber discretamente-. Sé dónde está. Sé dónde. Y voy a ir hasta la puerta de tu casa. No sé cuando ni cómo. No tengo ni una triste peseta y aunque la tuviera no tengo tiempo, creo. Pero te vas a enterar, cuando te enteres. Iban a sonar los tambores y el violín. Ya lo creo que si.