Los mítines, con el tiempo, me han terminado por aburrir, y es que al final he comprendido que sólo son onomatopeyas delineadas hacia intereses que -casi- nunca son los nuestros. Onomatopeyas, eso es, tan llanas y aburridas como el tramo de carretera que lleva hasta Palencia. No es por vestirme de una excentricidad vacía, pero siempre he sentido que mis deseos más vitales no eran expresables con palabras, y menos aún con las promesas de un atril rojo o azul, naranja o morado. Así es que he decidido, precisamente ahora, que no voy volver a girar la cabeza cuando vea al charlatán dirigirse al populacho. Ya existen demasiados oídos para tan pocas bocas y más voces es lo que haría falta. Y he decidido hacerme el sueco no por una ausencia de interés o responsabilidad, sino por el más puro sentimiento de deber. No quiero seguir enajenando mi vida con historias y pantomimas inciertas sobre los problemas de mi país y los dejes y esques de la oposición, sobre el reintegro o las partidas, las medidas o las objeciones. Toda esa amalgama es tan mentira como las palabras que la nombran; los problemas existen en cuanto que son pensados. Si nadie piensa en el gobierno, por ejemplo, y actúa, en la medida de lo posible como si no existiera, entonces el gobierno no existe. Y así con todo.
En lo que voy a pensar es en el buen tiempo que nos queda por delante, en que hace cuatro años las calles estaban llenas y en que quizás mañana lo estén más; en las soleadas tardes de Martini con la grata compañía de las personas que me quieren y en lo mucho que nos queda a todos aún por aprender. En el amor y la poesía, en el azul del océano en los mapas. Nos hacemos viejos y el realismo llama insistente a nuestra puerta, sin embargo aún nos queda un largo verano para cerrarle las puertas y desaparecer. Al realismo le confunde el anonimato del viajero. Te propongo por eso hacernos pasar por quién nos dé la realísima gana ser. Nunca le hemos mentido a la vida y la primera mentira es siempre la más creíble. Va apañado con nosotros el realismo, va apañado.
El café frío sobre la mesa junto al cenicero recién vaciado otea una masa informe de folios que memorizar, y el reloj está a punto de dar las seis, tendré que dejar de pensar y convertirme en camarero hasta la madrugada. Y qué, si toda la vacuidad de las obligaciones alude a un futuro que nosotros construimos con nuestros pensamientos. Nuestros planes son más ciertos que la aparente irrefutabilidad del presente. Sartre hizo una gran oda al presente. Yo hago una grandísima y gloriosa oda al futuro y digo sin miramientos que todo es futuro, nada más que futuro: un futuro en perpetua construcción. Somos construcción pendiente de un hilo, y no es que no me guste el presente -justamente hoy hace un día precioso y soleado y el amor brilla por todos los poros-. Ya somos lo que seremos, y por eso hay que tener cuidado con lo que se desea pero, no obstante, hay que tener cuidado cuando no se desea nada.
