viernes, 29 de mayo de 2015

Café con libros

Me dan miedo las mañanas que no empiezan desayunando contigo, porque el día no empieza, y me quedo en la cama, como ahora, mirando a la pared. Pasan un par de horas y me tomo el café yo solo en el balcón, mirando al río, apoyado en la estantería, con el dedo en el mapa, dando vueltas a la silla. El café no me quita el sueño y doy tumbos somnolientos en las sábanas recién puestas. Tendría que estar haciendo muchas cosas que ya deberían de estar terminadas... Pero parece que el precipicio -ahí donde dicen algunos que es donde cambiamos- siempre se aleja de mis pasos y a veces, incluso, parece que pudiera caminar más allá del abismo sin caer, como apoyándome en un terraplén invisible. Y sé que con el paso de los años, las arrugas, la barriga, el realismo o la vida misma, qué se yo, me impedirán seguir planeando de forma tan obscena. De momento me cabe aferrarme a tu compañía como si la de un profesor se tratase. Me leo los libros que me regalas. Y en el fondo creo que realmente me preparo el examen. Escucho en modo aleatorio Educación para el oído: qué buen título elegiste. Tarareo Hero, de Family of the year, porque no me la sé del todo. Ni siquiera cierro la puerta a Talco. Nada es auténtico eternamente. Al principio uno recibe al desconocido como un mal jugador de poker, como un aficionado: suelta todas sus cartas para deslumbrar y la partida se acaba antes de tiempo. Los dos, ya sin cartas, comienzan a intercambiar estampas: se aprenden la baraja, cambian de baraja, se vuelven a aburrir, se mueren... ¿Pero recuerdas ese par de veces que hemos jugado a las cartas? Te dije que son un pasatiempo estúpido para gente que no se sabe dar entretenimiento. Un entretenimiento quimérico y aparente. Todos empezamos jugando a las cartas pero seguir indefinidamente es un despilfarro de posibilidades. Así que bien, me alegro de que ya no nos queden cartas. Si ahora deambulo de aquí para allá tomando cafés en las terrazas a las que vamos juntos por las mañanas, memorizando tus libros y con los ritmos eináudicos en mente, es porque no tenemos cartas con las que pretender ser. Ya no somos dos desconocidos y la vida parece horriblemente tónica y realista. Pasarán los tiempos y seguiremos poniéndonos ciegos con las camisetas hinchadas y las barbas sin recortar. En nuestra terraza predilecta; veremos el mundo desde el otro, y eso sí que será fantásticamente verdad. Nosotros llenaremos las camisetas también y la barba nos sentará mejor. Seremos más guapos y más buenos. Esto es, decía Aristóteles, el arte del buen vivir; la amistad, el arte olvidarse de uno mismo por el otro. Esto también te pasará a tí, cada vez más, con el paso del tiempo. Tal vez, una noche vacía de insomnio; despertarás a golpe de Nina y pararás a mirar una camisa azul en algún escaparate. Te sentarás frentea un chupito de pacharán con hielos, antes de comer, leyendo a Kundera. Estamos, cariño, condenados a la eterna melancolía por el otro. Porque a mí siempre me apetece verte.