La decisión llevaba tomada inconscientemente desde hacía ya algunas semanas, pero es imposible establecer el momento justo con exactitud. Barajas algunas opciones aunque, lo más probable, es que más que de hechos excluyentes se trate de una concatenación de acontecimientos que te han llevado a estar sentado en esta terraza, con un café doble y un cigarrillo encendido, redactando este Manifiesto Vagamundo.
Uno de esos acontecimientos fue el terminar de embalar los últimos aperiles de aquel viejo apartamento. Descolgaste el mapa mundi raído de la pared para volver a fijarlo con chinchetas en la nueva habitación y sentiste, dentro de ti, que ahora el mundo sí que era tuyo. Y podías intuir en aquel mapa la inmensidad del globo, y la gran riqueza que ello implicaba. A día de hoy el mapa sigue ahí, entre un armario desordenado con camisas arrugadas y una estantería repleta de Tolstoi, Bauman, Kropotkin y tazas de café a la mitad. No olvidas ningún día echarle un ojo. A ver que pasa.
Otro acontecimiento remarcable fue sin duda cuando le dijiste a tu jefe que era un cerdo fascista y explotador y que te largabas sin mediar palabra, so pretexto también de querer iniciar un largo viaje. No habías formulado hasta ese momento en voz alta la idea pero salió de tu boca como un acto de vaga justificación que cobró, a los pocos segundos, el significado colosal de una declaración de intenciones hacia uno mismo.
No olvidas tampoco que durante las últimas semanas te has hecho con una de esas enormes y cómodas mochilas, un camping gas; que te has escapado a ese sucio, hermoso y recóndito refugio leonés cada vez que tu infame horario laboral te lo permitió; que has deambulado ávidamente por las estanterías de las secciones de viajes, e incluso leído algún número de Nathional Geographic... Esas cosas que a la mente le da por tejer cuando anda perdida en otros asuntos. Señales en forma de miguitas de pan que el inconsciente nos va lanzando. Y sobre todo, llevas meses sintiendo, en tu breve experiencia veinteañera, el paso del tiempo y lo que ese trascurrir trae consigo: Acostumbrarse. Acostumbrarse es la muerte más lenta. Acostumbrarse es, de hecho, ser un muerto vertical. Porque ya no puedes ni abrir el periódico sin vomitar y tantas cosas van ensanchando la lista de sarta-de-mentiras e injusticias que permanecer varado en el mismo lugar te hace sentir como si Apolo, con el roce de sus dedos, pudiera convertirte en laurel.
Así es que hoy, esta mañana en la que gasean a Sirios en Hungría y la gente parece haberse olvidado de que el poder es nuestro, has decidido que te vas. Desconoces si las palabras, por el hecho de ser escritas establecen algún tipo de compromiso o contrato vinculante. Supones que en parte sí, o eso esperas de ellas en este Manifiesto. Hoy has decidido, con un café y tres cigarrillos más, colillas humeantes ahora, que en cuanto llegue el momento, te irás a dar la vuelta al mundo.