Al bajar a la calle tiras el paquete de Durex entre unos arbustos. Miras a la gente con la soberbia del que acaba de follar hace escasos cinco minutos. Te gustan mayores porque te resulta más fácil hacer que se enamoren de tí. Aunque tú nunca te enamoras de ellos. Tú ya estás enamorado. Follas para ser hermoso. Te follas a la indecencia de la madurez, al espantoso resultado de lo que nuestra sociedad es capaz de hacer con ciertas personas. Te gusta hacerte pasar por alguien de dinero, aunque inexplicablemente joven; alguien culto y popular, alguien bien situado con recursos de todo tipo. Y en realidad lo eres -en parte- así que solo tienes que exagerarlo un poco. Follas porque te mueres, o porque te agarras a la vida. Te solían decir tus amistades eso de que te agarras a la vida. Te gustaba. Te inspiraba. Pero ya no solo juegas a burlar la muerte, a bañarte en éxtasis, ahora juega también a la muerte. Destruyes tu decencia arrojándote a las hienas, para conservar la decencia. Y quieres la desaparición de tu alma. Sin embargo sabes perfectamente -como yo- que solo podrás destruir tu cuerpo. Porque tú eres mentira. Todo lo que sale de tu boca áurea durante el preludio a esas escenas de sexo atroz es mentira. No existes. Y no puede destruirse lo que no es. Simplemente te destruirás como lo hacen los cadáveres en descomposición, como lo hacen todos los cuerpos en realidad. Caminas sudado y piensas que eres una obra de arte.
Apuras el cigarrillo. Fumas para que sepan que fumas, para que tu aliento dé asco y así producir en el otro la ambigüedad de querer besar algo tan sucio amargo. Le apuras porque ya estás llegando a la siguiente casa, a una nueva habitación con un nuevo cuerpo al que auscultar. Llegas, y te irás. Así ha sido siempre: das números de teléfono falsos y te inventas una vida. Te aseguras de no dejar rastro al marchar. Vas contando los portales. Es el cuarenta y algo. Nunca has estado antes en esta parte de Sevilla. Suena Edith Piaf; tú tampoco echas de menos nada. Buscas la destrucción aunque no la encuentres, porque tal vez. Acabará la tarde y el realismo mágico en una terraza céntrica. Y quien sabe después. Te vas a emborrachar, eso está claro, con alguien que no se crea todos tus cuentos. Porque tú sólo te enamoras de las personas que no se tragan esas historias: es la barrera que estableces para separar la paja del trigo. Mientes para encontrar el amor, el amor de verdad. Y te destruyes para que te salven. Si no haces esto piensas que no existes. Eres un pervertido.