Ya nos conocemos, conocemos el discurso de cada cual: esa grandilocuencia regurgitada con la que nos pintamos la cara, y la vergüenza también; para estar más guapos, para estar más seguros, ser más de algo o ser menos de lo otro. El caso, amor mío, es que siempre que esas palabras salen de nuestras bocas nos alejamos de lo que queremos, de la Verdad. La ocultan en un fango frío, ausente, irreal, esterilizado de toda razón. Tan fácil se confunde al charlatán con el filósofo, tan cerca están...
¿Quieres un consejo? ¿Te acuerdas del bueno de Kant, verdad? Pues debes hacer lo que te dé la puta gana, porque es el camino para poder llegar a ser tú mismo. No creas que utilizo al bueno de Kant para justificar mi patético estilo de vida. Lo que quiero decir es que ha llegado el momento de eliminar el discurso y de sintetizar la charlatanería en pensamiento razonable. Así, lo que tú digas será el reflejo de ti Todo lo que hagas estará bien, porque no sabrás hacer otra cosa; como ese río que una vez su caudal vuelve a su nivel no muestra arrepentimiento por esa soberbia inundación, sino que puebla la orilla de verde: no te arrepientas nunca... Me parece que intuyes lo que quiero decirte, y la razón, detrás de las apariencias, de mi mensaje. Pero si no, siempre puedes alimentarte de la apariencia y consolarte en el sosiego barato de aquellos que no se atreven a vivir, y como son unos cobardes, dicen que la culpa es del mundo y aceptan las heridas y las ofensas. Siempre puedes interpretar el papel de romántico de la agonía, de los santos cojones...ese mismo, sí.
Yo te propongo ser cada uno su sí mismo sin pensar en las consecuencias -y lo digo por ti, no creas que quiero follarte-: ¿a qué más se puede aspirar, más que a ser como un río?