Yo mismo me pongo la miel en los labios imaginando realidades inventadas. La miel de tu propia cosecha; turca, pagana y ausente. Y tu miel me amarga dulcemente en una bahía en la que un día desperté, cuando tú aún soñabas a mi lado. Subí a lo alto y la miel de tus labios rompió el cielo. La misma miel que empapa tantos rincones de mi memoria, que se me pega al alma, que se convierte en enjambre de avispas en mi boca, cuando muerdo otra boca que no es la tuya.
Te pido un vaso de agua para poder tragar, para no asfixiarme en este dulzor que empieza a escocer, muy dentro, muy en todas partes; antes de que mi cuerpo entero se convierta en miel, y el enjambre de avispas atraviese lo que tú no te llevaste, lo poco que quedó de mí.