viernes, 13 de septiembre de 2013

Los muros o el verano

La distancia entre los hombres es tan relativa como invisible y tan invisible como el aire. Y si el aire parece colorear de azul las montañas lejanas en el horizonte lejano, es sólo una apariencia. El aire es invisible, y la separación también. Fin de la cita. Todo lo valioso es invisible y en su búsqueda, las personas se parten el cráneo contra un muro, ya que los muros sí que tienen extensión y ya que entre el invisible deseo del hombre y este, hay muros: el hombre pierde así la cabeza. La vida es un muro, o una separación crónica y congénita entre los seres humanos y sus deseos. Infelicidad crónica, la única alternativa para la felicidad. El hombre que desde que nace está solo busca derribar los muros para encontrarse con otros hombres. En ausencia de muros, el amor ideal tendría la forma de dos almas tan mezcladas, tan leídas, que serían imposibles de distinguir. Pero siempre quedará separación entre las almas, o entre los amantes (un amante es alguien que ama, simple y redondo) y el amor ideal será, mientras tanto, invisible. El amor que percibimos es la sensación producida por querer romper los muros. El deseo tan humano, tan nuestro, de sentirse comprendido. Los momentos que hacen significativa la vida son aquellos en los que dos seres humanos conectan. No hay palabras y el pensamiento fluye de tú a tú. El resto es puro teatro.

Estornudo.

Los muros no existen, como tampoco los amantes, la distancia, las montañas teñidas de azul o tan siquiera las palabras -bueno, tal vez las palabras sean lo único que sí que existe-. En una solitaria tarde de verano, los pensamientos adquieren formas abstractas, me pesan, me sangran: festejan una orgía en mi mente confusa pero sobre todo, se columpian en tu rostro, le deforman y le traen a mí de infinitas formas y arreglos. Por eso, en esas tardes de verano, necesito decir cosas, aunque ni yo me las crea, para obligarme a mí mismo a recordarte.